Me rompiste. Te juro que me dejaste destrozada. Recogiendo los pedazos mientras miles de lágrimas recorrían mi rostro y la verdad cariño es que ese dolor recordaba a tus caricias y se sentían como cristales arañando cada parte de mi cara. Se que me rompiste, que me arrastrabas y me llevabas muy lejos, tan lejos que no me sonaba el lugar. Y hacías las maletas siempre que podías y luego por pena te quedabas a mi lado, y yo te creía, creía que te quedabas porque me querías. O eso quería creer.
Te odio. De verdad. Tanto como te quise y te quiero. Me das asco. Y más me odio a mi por seguir pensandote a ratos. Te recuerdo riendo y me recuerda al sonido de la tiza escribiendo en la pizarra. Insoportable. Como esa manera que tenías de quererme, maldito insensible. Me rompiste. Tengo cicatrices que lo demuestran, cicatrices superficiales, tanto que si las tocas se vuelven a abrir, superficiales como tú. Maldigo el día en que nos besamos. Maldigo tus labios. Tu forma de beberme. Y maldigo mi puta adicción. A ti. A nosotros.
Es que joder, maldita sea, te llevaste todo lo que era y me dejaste desnuda en la cama donde antes nos volvíamos locos. Es que joder, joder, joder. Tú me hiciste esto y ni siquiera te dignas a dejarme en paz. Me aplastaste con todos esos te quiero que nunca salieron de tu boca, me tiraste contra un muro mientras sonreias y repetias que era lo peor del mundo, que no me merecía nada. Y te creí, y esa es la putada. Y diste un portazo que hizo temblar mis piernas y encogió mi corazón y me dejó tirada en la cama, las canciones ya no tenian sentido. Como tú. Como nosotros.