7 de agosto de 2014

Alcohol. Playa. Nosotros.

Y me hablabas. Con ese acento. Ay el acento. Y la barba de tres dias. Y tus ojos. Y tus manos sobre cada parte de mi cuerpo. Y tus dedos enredados en mi pelo.
Entonces me besaste. Y me cogiste. Y me volviste a besar. Fue la única vez que besé con los ojos abiertos y tú también los tenías, no podía cerrarlos, perderme aquel azul se consideraría delito. Aquel azul que hacia que el mar se quedara en poca cosa. Te acariciaba. El pecho. La cara. Me comias la oreja, y el placer me recorria de punta a punta. Y acabamos empapados.
Las olas nos sirvieron de cama.
Tu mano en mi culo.
Mis uñas en tu espalda.
Tu pecho contra mi pecho.
Mis gemidos en tu oido.
Tus dientes en mi cuello.
Mis piernas abrazandote.
Tu lengua en mi boca.
Y nos besamos una y otra vez y luego otra vez. Nunca me habían besado así. Tan dulce pero llevando el ritmo. Tan como si el mundo acabara en mi boca. Tan, tan, tan...
Y no parabamos de tocarnos. Tus dedos me recorrían cada vez más fuerte y yo te agarraba y te mordía alguna que otra vez. Tiritabamos. Y cuando me abrazabas para darme calor, tiritaba con más fuerza. Qué cosas.

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